miércoles 08 de julio de 2020 - Edición Nº581

Patagonia | 18 ene 2020

Luis Roberto Moreno

El primer avistamiento de Tierra del Fuego

El abogado, economista y escritor fueguino brindó a Pal`Sur un relato histórico ficcionado acerca de lo que significó el primer avistamiento de un habitante fueguino Yagan llamado Coulik, de un barco occidental que circunnavegaba sus territorios.


Por:
Luis Roberto Moreno

“Cuando Tierra del Fuego solo era poblada por nativos que se desparramaban en toda la extensión de la isla acompañados por fogatas. Cuando las llamas no eran avistadas por ningún marino de ultramar y la historia de los aborígenes solo se transmitía a través de la conciencia, irrumpieron desde occidente los civilizadores...”. Los Tiempos de Tierra del Fuego – pag. 29 – 

 

Los vientos cruzados del Canal de Onachaga azotaban el cuerpo de Coulik que se deslizaba sobre el agua en la canoa rumbo a las algas de la isla de los lobos. Una llovizna fina y pertinaz precipitaba la sensación de que las nubes bajaban para mojar los pliegues de su túnica en el mar. El precario remo se hundía una y otra vez y el silencio de la naturaleza solo se rompía con el ritmo acompasado del palo en el agua. Cuando estaba a escasos cincuenta metros de la otra orilla del canal divisó a la distancia una sombra inmensa que rasgaba el horizonte blanco de la niebla. Primero apareció el rostro de una mujer que se suspendía a tres o cuatro metros sobre el agua. Concentró la mirada y emitió una fuerte exhalación cuando pudo ver en toda su dimensión que aquella, de fino rostro, se hallaba amarrada a un portentoso tronco que sostenía el maderamen de una inmensa canoa. Tan grande como jamás imaginó. Con palos retorcidos que entretejían su estructura y con árboles sin hojas que se elevaban al cielo sobre el cual pendían nubes atadas de sus secos gajos. El gigantesco maderamen surcaba por la mitad del curso de las dos orillas. No tenía remos ni nadie que empujara su trayecto. Tampoco emitía sonido: era una muda figura fantasmal de colores oscuros que se fue perdiendo en el horizonte con el mismo misterio que llegó a sus asombradas retinas.

 

La impresión fue tan grande que Coulik quedó tieso como esa mujer que imaginó penitente, suspendida sobre el agua. Así estuvo un buen rato hasta que agitando la cabeza, como queriendo arrojar de sus ojos la misteriosa imagen, emprendió el regreso.

 

En su marcha forzada a la onaiyusha (costa norte del canal) recordó meticulosamente el relato de sus mayores quienes le contaban las temibles proezas de Ayayema, la deidad de los malos presagios; condenada al destierro por Temaukel (el que todo lo puede). La aparición de Ayayema era el vaticinio de la pesca infructuosa, los fuertes vientos del noroeste, la enfermedad de los niños y la mezquindad del vientre de las madres. Su sola presencia podía desatar fuerzas irresistibles. Le contaron además que Ayayema, enamorada del mar, solía bajar furtivamente desde el cielo para mojar sus labios en el agua y acariciar el lomo de los peces que subían desde el lecho marino a saludarla.

¡Ayayema! ... ¡Ayayema!... corrió gritando por la costa perseguido por el miedo. ¡!Ayayema¡! .... le respondían los indígenas que se arremolinaban en su trayecto. Y Coulik corría; apenas tocaba el suelo. Cuando llegó exhausto al centro de las chozas el griterío de los yámanas era tan fuerte que los niños temblaban aferrados a sus madres.

 

El yékamush (hechicero) se abrió paso entre el gentío tumultuoso. Se paró con firmeza frente al aterrado joven y de repente se hizo un profundo silencio. El aliento de la tribu se contuvo. La insonoridad de la atmósfera solo permitía el murmullo de los leños crepitando en el crepúsculo ocre de la tarde. Miró fijamente los ojos de Coulik por un largo rato como intentando arrebatar de sus retinas la imagen de Ayayema. Luego cerró los párpados y levantando las manos como intentando atrapar las chispas de la hoguera cantó la canción del mar. La voz cabernosa de sus años comenzó a grajear una grave melodía a la que se le fueron sumando uno a uno el canto de los mayores, luego las mujeres y por último los niños. Una leve flexión de piernas fue contagiando el coro hasta que la noche se adueño del poblado.

 

El presagio preocupaba a los yámanas. Producía insomnio en las mujeres y los hombres bogaban entre la Yashcusin (tierra de islas) más preocupados por la presencia de Ayayema que por la pesca. Los niños evitaban la costa y los ancianos realizaban reuniones furtivas y secretas.

 

El avistamiento de Coulik fue aceptado por la tribu porque los mayores lo guardaron como un recuerdo indescifrable como intentando con ello evitar los malos presagios. La tribu intentaba volver a la vida anterior a que ocurriera el episodio de ayayema. Despertar, recolectar, avivar el fuego, buscar huevesillos de abutardas mientras otros haraganeaban en la playa tirando piedras sobre el espejo de las aguas calmas que reflejaban los días tranquilos de la naciente primavera... Lo cotidiano se encargaba de disimular el recuerdo pero en cierto modo todos intuían que el relato de Coulik no había concluido. Que el extraño avistamiento de Ayayema sobre las aguas entrañaba un significado insondable del cual pocos se atrevían a mencionar.

 

Dos primavera más tarde, en oportunidad en que un grupo de jóvenes se encontraba en la desembocadura del río torrentoso intentando acorralar con piedras pescados de la marea alta, Coulik les contó su secreto mientras hacían un descanso sentados a la sombra de la ladera abrupta de la montaña que caía sobre el río. Les dijo que su padre y Yékamush, reunidos en la keena (casa iniciática) le revelaron que sería el elegido para ser el jefe mayor cuando tuviera edad suficiente y le impusieron la condición de desterrar de su memoria  el avistamiento de la deidad de los malos presagios ya que de solo recordarla traería males irremediables sobre los yámanas:  “Ella es la que decide sobre nuestro alimento. La que puede exterminar lobos y focas; traernos desconocidas enfermedades; acechar nuestras mujeres, llevar a nuestros niños y matar a nuestros hombres”. También les contó que ambos ancianos se mostraban preocupados de que Ayayema hubiera advertido de que la observaba desde su canoa. Grande fue la tranquilidad de Yékamush y su padre cuando les aseguró que ella se  deslizaba mirando abstraída  la superficie del agua, como buscando en el fondo vaya a saber qué cosa.

 

Coulik no llegó a ser jefe. El avistamiento le cambio la vida a punto tal que lo convirtió en un joven solitario. Era el único al que le permitían nadar solo después de su avistamiento. Dos veranos más tarde, esa licencia extraordinaria lo condujo a la muerte. Lo encontramos flotando entre las algas, hinchado como una ballena encallada, y aquellos ojos que vieron a Ayayema ya no se encontraban en sus órbitas. Habían sido devorados por los peces... 

 

Coulik no pasó a la homenajeada agenda del olvido que las costumbres yámanas le deparan a sus muertos. No había reunión que no se hiciera mención al avistamiento de Ayayema. Todos nos convencimos que la deidad de los malos presagios se había percatado de su presencia y tejió los acontecimientos que precipitaron la tragedia. También creímos que ello era un pacto de silencio entre ambos. Que las tardes solitarias  de Coulik en la costa no eran más que reuniones furtivas con Ayayema quién le invitaba, desde el fondo del mar, a conocer los vedados secretos del océano.

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