martes 21 de septiembre de 2021 - Edición Nº1021

Soberanía | 20 mar 2021

La desperonización y la desmalvinización

La voluntad popular, el 17 de octubre y la guerra de Malvinas


Por:
María Sofía Vassallo

A pesar de la relevancia que ha tenido la acción popular en la historia argentina, muchas veces es negada, relativizada o ignorada. Para algunos intelectuales la nación, la argentinidad son el resultado de la acción unidireccional del poder, de arriba hacia abajo. Los sujetos sociales sobre los que opera son heterónomos, dóciles y no oponen resistencia. En varios casos, esos intelectuales son los mismos que se manifiestan como fervientes defensores de las identidades de las minorías (para ellos, las únicas legítimas) y se empeñan en cuestionar y desmontar la identidad de las naciones. Nosotros entendemos que la pertenencia a colectivos de diferente magnitud y complejidad, incluidas las naciones, es propia de la condición humana. La nación, la comunidad nacional, el pueblo posee la peculiaridad empírica de ser una unidad altamente compleja, heterogéneamente constituida. La negación del protagonismo popular está asociada a la negación de “pueblo” como categoría teórica. No sólo se niega la voz, la presencia, la autonomía popular, sino también el nombre y, de esta manera, se desconoce al pueblo como sujeto de la historia. Para nosotros “pueblo” no es sólo una expresión ideológica nativa sino un concepto que da cuenta de una relación realmente existente entre los miembros de un grupo, una forma de constituir la unidad de la comunidad nacional, fundada en singulares modos de relación entre los argentinos, con los adversarios, con el suelo y con el cielo (lo sagrado), con el pasado, el presente y el futuro de la Argentina, una unidad altamente compleja y heterogénea, unidad en la diversidad.

 

Nos vamos a referir acá a dos momentos históricos en que la voluntad popular se manifiesta con potencia capaz de torcer los designios de los gobernantes de turno: el 17 de octubre de 1945 y la guerra de Malvinas de 1982. En ambos casos, se produce la experiencia de un ser en común. Describiremos, además, dos procesos consecutivos y complementarios a partir de los cuales se intenta desactivar y neutralizar esa experiencia y su potencialidad emancipatoria: la desperonización y la desmalvinización. 

 

LA MOVILIZACIÓN POPULAR POR LA LIBERACIÓN DE PERÓN

 

La actividad de Juan Domingo Perón al frente del viejo Departamento Nacional del Trabajo, enseguida convertido en Secretaría de Trabajo y Previsión (de octubre de 1943 a octubre de 1945) es vertiginosa e incesante. Desde esta repartición pública, se toman medidas eficaces para generar mejores condiciones de vida para los trabajadores argentinos y propiciar su organización para defenderlas. El contacto directo y permanente con ellos opera como garantía de la justicia de la obra gubernamental y esta obra es el fundamento principal de la credibilidad de la palabra de Perón.

 

 

En distintos lugares del país, se realizan acciones de reivindicación, de rebeldía y desobediencia, se produce un quiebre de relaciones de subordinación, una ruptura de la deferencia de los trabajadores argentinos. Y no sólo en las grandes ciudades sino también en los pueblos y parajes del interior. Los obreros le toman la palabra a Perón y actúan en consecuencia, se reconocen capaces de defender sus derechos y hacerles frente a los patrones que los desconocen. Por eso, cuando se enteran de que Perón (quien había sido destituido de los cargos de vicepresidente, secretario de Trabajo y Previsión y ministro de Guerra) está preso, miles de trabajadores salen a la calle para exigir su liberación contra las recomendaciones de los dirigentes de la Confederación General del Trabajo de que no se comprometieran en actos ajenos a la central obrera. La CGT convoca a una huelga para el 18 de octubre (aunque, entre las razones de la medida de fuerza, se pide por la libertad de presos civiles y militares, no se menciona en ningún momento al Coronel Perón). Ya en la madrugada del 17, la Plaza de Mayo comienza a ocuparse. Ese día muchos obreros no van a trabajar o abandonan sus puestos durante la jornada. Los trabajadores insurrectos no sólo hacen caso omiso a las directivas de la CGT, sino que también doblegan a las fuerzas policiales y las suman a sus filas. Se produce así la eliminación provisional de las relaciones jerárquicas. No hay ningún límite de edad o sexo para sumarse a la manifestación, que se compone de hombres, adultos, en general, muy jóvenes, mujeres y niños. Muchos obreros marchan con su familia en pleno. Hay gravedad, temor e incertidumbre, indignación y rabia; pero, en la acción de salir a la calle y marchar, se produce el encuentro, la conciencia de la propia fuerza y eso es reconocido como digno de celebrar y se celebra.                        

 

La ciudad, especialmente el centro, es el territorio de quienes detentan poder político, social y/o cultural. También estos límites espaciales son desconocidos en las agitadas jornadas de octubre, los suburbios “invaden” el centro. La noticia de la prisión de Perón produce imprevistos, masivos e irregulares desplazamientos hacia el centro del centro de la ciudad de Buenos Aires, específicamente, hacia la Plaza de Mayo. Los ferrocarriles no circulan, los tranvías tampoco, porque sus trabajadores van a la movilización. Llegan como pueden, con lo que tienen a mano. En bicicletas, en autos, en camiones, en carros o a caballo. La mayoría lo hace a pie, caminando largas distancias. La famosa imagen de los obreros remojando sus pies en la fuente de la plaza sintetiza claramente la acción herética operada en el orden urbano establecido. Su antecedente histórico son las montoneras de los caudillos federales Francisco “Pancho” Ramírez y Estanislao López que avanzan sobre el centro de la ciudad de Buenos Aires y atan los caballos en la Pirámide de Mayo el 23 de febrero de 1820. Se manifiestan en representación de los pueblos del interior contra el centralismo porteño. Su presencia produce temor, desprecio y desconfianza entre los habitantes del centro; pero, como el 17 de octubre, no hay actos de violencia ni desmanes[1]. Los jóvenes, los niños, las mujeres que se refrescan en la fuente rompen el orden espacial establecido, el código habitual del uso del espacio, porque ese código les es ajeno, es un orden de otros, sobre un espacio que consideran propio, que les pertenece[2]. Entonces, no lo transgreden, sino que lo ignoran y actúan libremente[3].

 

Los peronistas nacen a la vida pública marchando y cantando en grupo. Los cantos y consignas de las jornadas de octubre son ingeniosas y pegadizas creaciones que expresan la claridad con que los manifestantes identifican el campo propio y el del adversario (“Perón no es comunista/ Perón no es dictador/ Perón es hijo del pueblo/ y el pueblo está con Perón”). Esta claridad no se muestra en formas rígidas y solemnes, sino que irrumpe con las características propias de la cultura popular, indisolublemente ligada a la ruptura de la deferencia (“Piantate de la esquina oligarca loco/ el pueblo no te quiere y Perón tampoco”). Estos cantos y consignas constituyen maneras de hacer, ardides de la antidisciplina (De Certeau, 1996), creaciones del ingenio popular, coreados y bailados en el marco de una celebración colectiva. Esto determina el carácter del intenso y extraordinario diálogo entre Perón y la multitud la noche del 17 de octubre y es una marca distintiva del peronismo naciente. La insubordinación, el coraje y la desfachatez de miles de trabajadores les permiten superar los obstáculos, cruzar a nado el Riachuelo, refrescar los pies en la fuente de la Plaza de Mayo y pedirle a Perón libre que se case con Evita[4].

 

Se trata de un acontecimiento imprevisto y novedoso, con una temporalidad singular, una movilización sin tiempo: los obreros salen a la calle y avanzan por el centro de la ciudad de Buenos Aires con un objetivo (la liberación de Perón) y no se retiran hasta haber logrado la meta. Se hace de noche y permanecen en la Plaza de Mayo que se llena de antorchas improvisadas con los diarios de la tarde. Gran parte de los grupos que habían gobernado históricamente el país, perciben todo esto como lo “ominoso” de la sociedad argentina, es decir, lo que provoca un estado de fascinación extraña que aparece ante determinadas situaciones de la vida, aquello familiar vivido como desconocido, aquel aspecto lúgubre de nuestro ser que, habiendo permanecido oculto, ha salido a la luz inesperadamente, se ha manifestado con una sensación indescriptible (Freud, 1917: 19). Lo ominoso aparece con estas multitudes que emergen a la vida pública y son percibidas como hordas irracionales y violentas. Se actualiza el mismo temor que inspira el apotegma sarmientino “civilización y barbarie”. Para Ezequiel Martínez Estrada, aquellos “siniestros demonios de la llanura, que Sarmiento describió en el Facundo, no habían perecido” (Martínez Estrada, 1956: 27), reaparecen el 17 de octubre de 1945: Perón nos reveló no al pueblo, sino una zona del pueblo que efectivamente, nos parecía extraño y extranjero. El 17 de Octubre, Perón volcó en las calles céntricas de Buenos Aires, un sedimento social que nadie habría reconocido. Parecía una invasión de gentes de otro país, hablando otro idioma, vistiendo trajes exóticos y, sin embargo, eran parte del pueblo argentino, del pueblo del himno. (Martínez Estrada, 1956: 27)

 

La movilización popular por la liberación del 17 de octubre de 1945, produce identidad colectiva. Al estar juntos con otros, con-juntos, por un compromiso común con un tercero (Perón), a través del cual se produce el encuentro colectivo, la constitución de un ser en común, capaz de decir “nosotros”, “aquí estamos”. El 17 de octubre la multitud rescata a Perón de su confinamiento y lo pone en su lugar, el de jefe del movimiento naciente y candidato a la presidencia. Este reconocimiento masivo lo consagra como jefe popular. Al mismo tiempo que rescata a Perón y lo confirma como “su” líder, la multitud se constituye a sí misma como sujeto colectivo con voluntad y voz propia. El 17 de octubre es un hecho social no programado que hace a la sociedad argentina tomar conciencia de sí, produce una conmoción política que da lugar a una novedosa configuración cultural.

 

La obstinación, la valentía, el afecto y la confianza de los argentinos que dialogan con Perón y Eva Perón durante el primer peronismo, hacen posible y fundamentan lo que Marcelo Gullo (2015) ha llamado la “insubordinación fundante”, en sus tres dimensiones: el rechazo a la ideología dominante, el fuerte impulso estatal para el desarrollo y la emancipación nacional. Por eso, el golpe de 1955 contra el gobierno de Juan Domingo Perón, primero y después la dictadura cívico-militar argentina a partir del golpe de 1976, contra la presidenta constitucional María Estela Martínez de Perón (Isabel), vienen a combatir, a hacer desaparecer, todo lo que estaba fuera de lugar en tanto rebelde e insolente, a doblegar el espíritu irreverente del pueblo argentino. A partir del derrocamiento del presidente Perón en 1955 se pone en marcha el proceso que se propone la desperonización de la sociedad argentina, la pretensión de eliminación del peronismo que se inicia con la persecución de los peronistas, la prohibición y la destrucción de sus símbolos, la derogación de la Constitución Nacional de 1949 y la proscripción que se mantiene durante dieciocho años. A partir del golpe de 1976, el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional intenta materialmente borrar la indisciplina y la insubordinación de los sectores populares argentinos como atributo constitutivo de la configuración cultural nacional y restaurar la deferencia rota por el peronismo.

 

LA RECUPERACIÓN DE LAS ISLAS MALVINAS

 

Paradójicamente, en este marco, la Junta Militar encabezada por Leopoldo Fortunato Galtieri encara, en abril de 1982, la recuperación de las islas Malvinas que, contra y a pesar suyo, actualiza la causa de la defensa de la soberanía que atraviesa la historia nacional desde los orígenes de la Argentina y la ruptura de la deferencia con Gran Bretaña y las grandes potencias.

 

Por eso, al conocer la noticia de la recuperación de las islas, el 2 de abril de 1982, muchos de los soldados de la clase 62 (que ya habían terminado el servicio militar), se presentan voluntariamente, incluso antes de haber recibido el telegrama que los convoca. En las cárceles de la dictadura, grupos de presos políticos deciden ofrecerse para combatir junto a los soldados argentinos. Al no prosperar el ofrecimiento, organizan bancos de sangre para asistir a los heridos. Los centros de exiliados de América Latina y España realizan acciones de apoyo a la causa de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas sin claudicar en la lucha contra la dictadura. La Confederación General del Trabajo, bajo la conducción de Saúl Ubaldini, luego de haberse movilizado contra el gobierno el 30 de marzo de 1982 y de haber sido violentamente reprimida por ello, vuelve a manifestarse el 2 de abril, esta vez exigiendo el respeto simultáneo a la soberanía nacional en Malvinas y a la soberanía popular en el continente (Cardoso, 2013: 209-210). De esta manera, las organizaciones gremiales, políticas y sociales reconquistan para sí el espacio público, recuperan la calle y la plaza, se encuentran y celebran el encuentro, se manifiestan como sujetos activos del momento histórico.

 

Como señala Enrique Oliva, corresponsal en Londres en 1982, “durante las diez semanas del conflicto armado, Argentina conmovió al mundo. Internamente se unió como nación y conquistó la admiración de todos los pueblos de la tierra en una lucha heroica y desigual contra el colonialismo” (2013: 8). La bandera argentina se multiplica en la celebración internacional del día del trabajo, el 1° de mayo de 1982, en distintas ciudades del mundo. Las embajadas argentinas de Perú, Panamá, Cuba, Venezuela reciben la presentación espontánea de voluntarios para combatir. En Caracas, los venezolanos realizan un apagón en repudio del hundimiento del Crucero General Belgrano. En un peligroso operativo secreto, Perú envía diez aviones Mirage para fortalecer la fuerza aérea argentina. Grupos de españoles se manifiestan en las calles en apoyo a la Argentina. Portan pancartas que dicen: “gobierno gallina, aprendan de Argentina” (Oliva, 2013: 239).

 

La actualización de la tradición histórica en la acción popular es la que convierte la mezquina maniobra de un dictador en una misión colectiva anticolonial, con un gran potencial movilizador. Los británicos lo advierten de inmediato y actúan en consecuencia. Su pesadilla es la rebeldía del pueblo argentino, expresada con desmesura en Perón y el peronismo, que ven emerger revitalizada en abril de 1982. Este temor se expresa en la prensa británica. El 5 de abril, The Express publica una imagen de Perón y Evita con el epígrafe “los fantasmas arrogantes nacionalistas de Perón sobreviven”. El 11 de abril, Sunday People titula “Muerte a la Marina Real gritan las pandillas de Evita”. El 15 de junio, ya confirmada la capitulación del general Menéndez, los gobiernos de Gran Bretaña y Estados Unidos se preocupan por proteger a Galtieri de “las hordas peronistas en las calles” (Oliva, 2013: 54-57)[5].          

 

En un trabajo reciente demostramos que, durante la guerra e inmediatamente después de ella, el discurso oficial inglés desarrolla los núcleos en base a los cuales se articula el modelo de interpretación del conflicto bélico y la cuestión Malvinas, construido a partir de la representación de los combatientes argentinos como víctimas de la locura de la dictadura militar, instrumento fundamental de la desmalvinización (Vassallo, 2019). El intento de clausurar la interpretación de la guerra de Malvinas como último capítulo de la dictadura militar, a partir del modelo de las víctimas y el punto de vista del loco (Cardoso, 2013), desvinculado de los dos siglos de luchas emancipatorias, apunta a desacreditar y anular el concepto, la tradición y la experiencia de nación. Hay que desactivar las pasiones, pensamientos y acciones en torno a la causa Malvinas (Cardoso, 2013), despojar la guerra de su dimensión heroica y patriótica para neutralizarla como factor de movilización popular en la lucha anticolonial (Cangiano, 2012: 18).

 

La perspectiva británica sobre la que se funda el proceso de desmalvinización tiene firmes y eficaces partidarios y difusores argentinos. León Rozitchner (1985), el padre del asesor de la presidencia de Mauricio Macri, por ejemplo, en la inmediata posguerra, niega la posibilidad de pensar la guerra de Malvinas como guerra justa y popular librada por un gobierno injusto y antipopular. La “guerra limpia” de Malvinas es, para él, la otra cara de la “guerra sucia” que ese mismo régimen libró contra la mayoría de una sociedad que sólo por un fatal error pudo apoyarlo en su aventura absurda. Desde esta perspectiva, Malvinas es el nombre de un conjunto de crímenes. En esta línea se ubican las producciones audiovisuales como “Los chicos de la guerra” (1986), basada en el libro de Daniel Kon y dirigida por Bebe Kamin, e “Iluminados por el fuego” (2005), realizada a partir del libro del ex soldado combatiente y actual director del Museo Malvinas Edgardo Esteban y dirigida por Tristán Bauer actual Ministro de Cultura de la Nación.

 

En el año del treinta aniversario de la guerra, un grupo de intelectuales, periodistas y artistas reconocidos publican un documento titulado “Malvinas, una visión alternativa” que reafirma y actualiza la matriz interpretativa británica. Allí se refieren a la “trágica aventura militar de 1982”, a la cuestión Malvinas como tema menor de la agenda pública nacional, a la necesidad de respetar la autodeterminación de los habitantes de las islas y abandonar la “agitación de la causa Malvinas”. Exigen una crítica pública al apoyo social que tuvo la guerra y configuran a los conscriptos combatientes como víctimas directas de la sociedad argentina. Firman este documento: Emilio de Ipola, Fernando Iglesias, Santiago Kovadloff, Jorge Lanata, Vicente Palermo, Luis Alberto Romero, Beatriz Sarlo, Juan José Sebreli, entre otros. Esta perpectiva es cultivada por intelectuales y artistas argentinos que interpretan la amplia adhesión popular a la causa de la defensa de la soberanía argentina sobre Malvinas, la tradicional rebeldía nativa contra los poderes del mundo, como producto de la acción de la dictadura sobre la cultura nacional, que pervive y hay que desarticular. En esta línea se ubican, también, el proyecto escultórico “Rosas por la paz” de Juan Carlos Pallarols[6] y la obra teatral “Campo minado” protagonizada por veteranos de guerra argentinos y británicos de la guerra 1982, dirigida por Lola Arias[7]. Olvidan que la cuestión Malvinas no empieza con Galtieri y la dictadura. Desconocen su carácter originario de una tradición histórica y potentes e insoslayables antecedentes, como las políticas del primer peronismo sobre Malvinas y la Antártida. Parten de la negación del pueblo argentino como protagonista, como sujeto de la historia. Para ellos, sólo puede ser objeto de la voluntad y manipulación de otros. Una vez más se trata de restaurar la deferencia, el sometimiento, la aceptación de la ocupación extranjera de la tercera parte de nuestro territorio[8].

 

Pero los pueblos, como la vida, como el agua, más tarde o más temprano, se abren paso. Así lo dice Perón:

Muchos han despreciado el ingenio y el poder del pueblo, pero a largo plazo, han pagado caro su error. Los pueblos siguen la táctica del agua. Aprisionada, se agita y pugna por desbordar; si no lo consigue, trabaja lentamente en los cimientos, buscando filtrarse. Si nada de esto logra, acaba en el tiempo por romper el dique, lanzándose en torrente. Son los aluviones. Lenta o tumultuosamente, el agua, igual que los pueblos, pasa siempre.

(Descartes, diario Democracia, 31/7/1952)

 

POr María Sofía Vassallo (2021)

Anuario CEHCA 2020, Centro de Estudios de HIstoria Constitucional Argentina "Dr. Sergio Díaz de Brito", Universidad Nacional de Rosario, en Prensa


[1] Así lo cuenta Jorge Abelardo Ramos (2006):

 

               La noche había caído sobre la ciudad y seguían llegando grupos exaltados a la Plaza de Mayo.                Jamás se había visto cosa igual, excepto cuando los montoneros de López y Ramírez, de                bombacha y cuchillo, ataron sus redomones en la Pirámide de Mayo, aquel día memorable del                año 20. Ni en el entierro de Yrigoyen una manifestación cívica había logrado congregar masas                de tal magnitud. ¿Cómo? –se preguntaban los figurones de la oligarquía, azorados y                ensombrecidos– ¿pero es que los obreros no eran esos gremialistas juiciosos que Juan B. Justo                había adoctrinado sobre las ventajas de comprar porotos en las cooperativas? ¿De qué abismo                surgía esa bestia rugiente, sudorosa, bruta, realista y unánime que hacía temblar la ciudad?                (Ramos, 2006: 88)

[2] La Plaza de Mayo está circundada por los edificios que albergan a las máximas autoridades del Estado, el culto y la autoridad de la Iglesia Católica, la historia de la ciudad y de la constitución de la Argentina, la memoria viva de las gestas de la Reconquista y la Defensa de Buenos Aires durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807, la Revolución de Mayo de 1810 (especialmente, el Cabildo Abierto), episodios de las luchas por la independencia y de la conformación del Estado nacional, con notable permanencia en el imaginario colectivo. En torno a la Plaza de Mayo también está la casa central del Banco Nación que representa el poder económico nacional. Como en todas las plazas de las grandes capitales de América Latina, convergen aquí Dios y el Estado, lo que constituye el “marco privilegiado para el encuentro entre la multitud y el individuo” (Da Matta, 1985, 37-38). La plaza es la metáfora de la cosmología de la ciudad (Da Matta, 1997).

[3] Los cuatro jóvenes muchachos que aparecen en primer plano en esa foto exhiben al mismo tiempo la coexistencia de la resistencia y la integración, están sentados al borde de la fuente con sus pies adentro del agua; pero dos de ellos visten riguroso saco y están prolijamente peinados (otro está en mangas de camisa y otro en camiseta musculosa con gorro de trabajo). Los de saco han asumido que ir al centro requiere preparación, por eso, a pesar de la urgencia del momento, se han tomado el tiempo de prepararse. Sólo el 17 de octubre los obreros peronistas marchan al centro de la ciudad con sus ropas de trabajo, después concurrirán a los encuentros con Perón y Eva Perón, especialmente vestidos para la ocasión (los hombres con saco y corbata, las mujeres con vestidos, alhajas y accesorios de moda), como legítimos habitantes de la ciudad, reconocidos como tales por el Estado.

[4] En el singular diálogo que mantiene con la multitud la noche del 17 de octubre, el gran objetivo que Perón enuncia como norte de su acción política es que todos los trabajadores sean “menos desgraciados y puedan disfrutar mejor de la vida”, que sean “un poquito más felices”. De esta manera, el movimiento político nace reivindicando una cultura del buen vivir o del vivir bien. El grito colectivo, que descubrimos poniendo el oído atento al archivo, “¡que se case con Evita!”, expresa el deseo de los trabajadores de mayor felicidad también para él y la proximidad, empatía, confianza y control de la situación por parte de los interlocutores. Perón queda anonadado, sorprendido, descolocado frente a esa intervención y sólo atina a decir, en voz baja y sonriendo, “ya es mucho”, como en un aparte teatral. El carácter de las intervenciones del público manifiesta espontaneidad y desparpajo en la relación dialógica de la asamblea.

[5] Estos son sólo algunos ejemplos, hay muchos más.

[6] Lo analizamos en Vassallo, María Sofía (2019), “Las rosas de Pallarols y la subordinación fundante”, Revista Allá Ité, Centro de Estudios de Integración Latinoamericana “Manuel Ugarte”, Remedios de Escalada, UNLa. Disponible en: http://centrougarte.unla.edu.ar/#nota58

[7] La estudiamos en Dufour, Ernesto, Trejo, César y Vassallo, María Sofía (2020) “Campo Minado y las sutiles formas de la dominación colonial británica. Desmontaje de la obra teatral de Lola Arias protagonizada por veteranos argentinos y británicos de la Guerra de Malvinas”. Disponible en https://drive.google.com/file/d/1bot_0cvxAw4OKNXMrj6o9F4yFBBsIq5n/view

[8] La desmalvinización fue un factor determinante para el restablecimiento de las relaciones bilaterales con Gran Bretaña. Los Acuerdos de Madrid, firmados en 1990, resultaron favorables a los intereses británicos en el Atlántico Sur y propiciaron el desmantelamiento del sistema de defensa argentino. En 2016, los vicecancilleres argentino y británico dan a conocer el “comunicado conjunto” que se conoce como el “Pacto Foradori-Duncan”, en el que el gobierno argentino se compromete a facilitar al Reino Unido de Gran Bretaña la explotación de la pesca, los hidrocarburos y el refuerzo de las comunicaciones aéreas. El acuerdo también habla sobre la colaboración cultural y educativa entre otras formas de cooperación.

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