martes 03 de febrero de 2026 - Edición Nº2617

Soberanía | 2 feb 2026

centralismo colonial

José Miguel Carrera: el demonio que la historia necesitó silenciar

José Miguel Carrera no fue un “héroe fallido”, fue un proyecto político derrotado por incomodar al poder. Federalismo, soberanía popular y una independencia que no aceptaba tutelas. Por eso lo demonizaron. Por eso lo silenciaron. Y por eso hoy vuelve a interpelarnos.


Por:
Luis Gotte

La historia que nos cuentan desde la escuela no es neutral con nuestro pasado y, mucho menos, desapasionada. Es, más bien, es un relato ideologizado que los vencedores que la organizan para legitimar un orden. En ese sentido, el trato que la historiografía chilena -y por extensión la sudamericana- le ha dispensado a José Miguel Carrera no responde tanto a sus errores como a la incomodidad que su figura sigue generando. Carrera no fue un héroe fallido: fue un proyecto político derrotado.

 

Desde la Patria Vieja (1810–1814), Carrera concibió la independencia no como un simple recambio de autoridades, sino como una transformación profunda del poder. Su administración, aunque breve, fue extraordinariamente activa en términos de creación de símbolos patrios, reformas políticas y organización militar. Defendió la libertad de imprenta y sostuvo que la soberanía debía residir en el pueblo y no en una élite ilustrada que administrara la herencia colonial. Esa concepción radical lo enfrentó rápidamente con los sectores conservadores y con quienes entendían la revolución como una etapa transitoria hacia un orden centralizado y disciplinado.

 

La contraposición historiográfica entre Carrera y Bernardo O’Higgins se construyó bajo una lógica maniquea: el primero como caudillo impulsivo, autoritario y desestabilizador; el segundo como héroe sobrio, ordenado y republicano. Sin embargo, esa lectura oculta más de lo que revela. Ambos concentraron poder en contextos de guerra, ambos recurrieron a medidas excepcionales, pero solo a Carrera se le imputa el rótulo de dictador. La diferencia no fue moral, sino política: O’Higgins resultó funcional al proyecto que finalmente triunfó; Carrera, no.

 

La acusación de oligarca tampoco resiste un análisis serio. Si bien provenía de una familia aristocrática, su práctica política quebró el consenso de las élites santiaguinas. Apeló al pueblo movilizado, amplió el concepto de patria y tensionó los límites del orden social existente. Por eso su figura fue progresivamente desplazada del panteón oficial: no encajaba en la narrativa de una independencia ordenada, gradual y compatible con el liberalismo posterior.

 

Tras la derrota de Rancagua y el colapso de la Patria Vieja, el exilio radicalizó su pensamiento. En el Litoral rioplatense encontró una lucha análoga a la chilena: provincias enfrentadas a centros de poder que reproducían, bajo formas republicanas, viejas lógicas coloniales. Su vínculo con el federalismo de Artigas, López y Ramírez no fue circunstancial. Carrera comprendió que el enemigo ya no era solo el imperio español, sino también el centralismo que vaciaba de contenido a la independencia.

 

Ese diagnóstico lo volvió aún más peligroso. Carrera conectaba luchas que el poder necesitaba mantener separadas. Por eso fue aislado, demonizado y finalmente fusilado sin juicio justo. Su eliminación no fue un exceso o daño colateral: fue una decisión política. Había que clausurar una visión de América que cuestionaba tanto la dominación externa como las jerarquías internas...lo mismo le sucedió al oriental Artigas.

 

La historiografía liberal completó la tarea reduciéndolo a una figura excesiva, casi patológica. Sus errores se psicologizaron; sus aciertos se omitieron. El mismo mecanismo que en el Río de la Plata operó contra Dorrego al llamarlo "el loco"; en Chile se aplicó contra Carrera: cuando una idea no puede refutarse políticamente, se la degrada moralmente.

 

Pero el tiempo vuelve incómodas las verdades silenciadas. En una América Hispana organizada para exportar materias primas, consumir productos ajenos y de centralismos disfrazados de república, la figura de Carrera (como la de Dorrego) reaparece como una interpelación. Su derrota anticipa muchas de nuestras deformaciones actuales: Estados sin equilibrio territorial, pueblos sin memoria y democracias sin soberanía real.

 

José Miguel Carrera no fue rechazado por lo que hizo, sino por lo que anticipó. La historia oficial no lo castigó por sus errores, sino por sus ideas. Y mientras el federalismo siga siendo una promesa vacía y no una estructura efectiva de poder, Carrera seguirá siendo incómodo. Por eso mismo, sigue siendo necesario.

 

Luis Gotte

 

 

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