miércoles 25 de febrero de 2026 - Edición Nº2639

Análisis | 24 feb 2026

El bien común, las mentiras de la Democracia y el poder


Por:
Luis Gotte

"La democracia no exige obediencia absoluta;

las leyes injustas no obligas en conciencia".

 

Cada vez que la política entra en crisis, reaparece la misma discusión repetitiva: el poder, la representación, la democracia, las instituciones. Se debate quién manda, cómo manda y por cuánto tiempo. Pero esa discusión es falsa, o al menos secundaria. El poder nunca fue el verdadero problema. El problema es para qué se ejerce. El problema es el Bien Común.

 

El poder, en sí mismo, es un hecho ontológico: pertenece al orden del ser, a la estructura misma de la realidad social. No es algo añadido, sino constitutivo. Existe allí donde hay comunidad, una condición inevitable de la vida en común. Allí donde hay comunidad, hay poder; la cuestión es cómo se legitima y se ejerce. No es bueno ni malo por naturaleza.

 

Toda comunidad genera poder porque necesita organizar, ordenar, decidir, proyectar. La pregunta decisiva no es quién lo detenta, sino qué sentido tiene. Ahí aparece la dimensión teleológica: el fin. Y el fin de toda comunidad política no es la eficiencia, ni el mercado, ni el equilibrio fiscal, ni la obediencia institucional. El fin es moral: el Bien Común.

 

El Bien Común no es la suma de intereses individuales ni una consigna vacía para discursos. Es una idea exigente, concreta y dinámica. Supone condiciones materiales de vida digna, pero también justicia, pertenencia, reconocimiento y sentido de trascendencia. No se reduce al presente: es siempre proyección histórica. Una comunidad que no puede imaginar un futuro común ya ha sido derrotada, aunque conserve elecciones, división de poderes y representación política.

 

Por eso, desde el origen de la política occidental, la discusión no giró en torno a la forma de gobierno, sino a su legitimidad moral. Los hombres nacen libres y no son siervos por naturaleza. Esta afirmación no es moderna ni liberal: es profundamente política. De allí se desprende una consecuencia incómoda para todo poder constituido: cuando el gobierno atenta contra el Bien Común, pierde legitimidad. No importa si llegó por elecciones, por herencia o por contrato. La obediencia no es un deber ciego; es una relación moral.

 

La historia no la hicieron burócratas obedientes ni legalistas prolijos, sino comunidades que entendieron que había momentos en los que desobedecer era un deber. No se trataba de capricho ni de anarquía, sino de fidelidad a un principio superior. El poder que daña sistemáticamente a su pueblo, que empobrece en nombre de la eficiencia, que destruye lazos sociales en nombre del mercado, que gobierna contra la comunidad real, se transforma en tiranía, aunque conserve las formas republicanas.

 

Aquí aparece el drama del S. XXI. Hoy tenemos gobiernos que no encarcelan opositores ni clausuran Congresos, pero que producen sufrimiento estructural mediante leyes “legales” e “institucionales”. Ajustes que expulsan, reformas que degradan, decisiones que transfieren riqueza y desorganizan la vida social. Todo dentro de la ley. Todo con aval formal. Todo contra el Bien Común.

 

¿Puede una comunidad aceptar pasivamente leyes que la dañan en nombre de un dogma económico? ¿Puede un pueblo ser obligado a sufrir para satisfacer indicadores que no expresan su vida real? Si el Bien Común es el criterio último de legitimidad, entonces no toda ley es justa, no toda decisión debe ser obedecida, no todo poder es respetable.

 

La verdadera discusión política no es democracia sí o democracia no. No es Estado grande o Estado chico. No es izquierda o derecha. Es algo más profundo y más incómodo: qué entendemos por Bien Común y quién lo define. Si lo define el mercado, la comunidad se disuelve. Si lo define una burguesía ilustrada, el pueblo se vuelve objeto. Si lo define el propio pueblo organizado, el poder recupera sentido.

 

Discutir el Bien Común es volver a discutir el poder desde su raíz. No para negarlo, sino para devolverle su razón de ser. Porque cuando el poder deja de servir a la comunidad, deja de ser autoridad y se convierte en violencia de arriba. Y frente a eso, la historia es clara: ningún pueblo está moralmente obligado a obedecer su propia destrucción. Ningún pueblo se suicida.

 

Luis Gotte

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