Soberanía | 4 mar 2026
Un 4 de marzo de 1811, muere en alta mar Mariano Moreno
Damian Leandro Zanni (Revisionismo Historico Argentino)
El 4 de marzo de 1811 moría en alta mar Mariano Moreno, secretario de la Primera Junta, con apenas treinta y dos años. La medicina suministrada en la fragata Fama le produjo una agonía feroz, descrita como un fuego interior. Su cuerpo fue arrojado al océano envuelto en bandera inglesa. Al conocerse la noticia, su rival político Cornelio Saavedra lanzó aquella frase que atravesó la historia: “Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”.
Ese fuego era su programa. Y también el motivo de los odios que despertó. Desde entonces, su figura quedó en disputa.
EL HOMBRE QUE DIVIDIÓ A LA REVOLUCIÓN
En vida, sus principales detractores fueron los sectores saavedristas y los grupos ligados al viejo orden colonial. Lo acusaban de sanguinario, de extremista, de querer implantar un régimen de terror. Saavedra, en cartas privadas, habló de “las ideas sanguinarias del morenismo” y lo llamó “demonio del infierno”.
Los comerciantes monopolistas y los antiguos funcionarios coloniales veían en él una amenaza directa. El fusilamiento de Santiago de Liniers y de los jefes contrarrevolucionarios del Alto Perú no fue interpretado como acto de guerra, sino como prueba de radicalismo peligroso. Para esos sectores, Moreno no era el ilustrado que luego pintaría la escuela: era un dirigente dispuesto a destruir privilegios y a concentrar poder para sostener la Revolución. Y allí estaba el núcleo del conflicto: mientras unos pensaban en una transición moderada, él pensaba en consolidar un poder nuevo antes de que el viejo orden se reorganizara.
EL PLAN DE OPERACIONES Y EL PROBLEMA DEL PODER
La discusión histórica sobre Moreno gira inevitablemente alrededor del llamado Plan de Operaciones. Si se lo considera auténtico, no estamos ante un simple documento administrativo sino ante un programa integral de revolución política. El Plan plantea con crudeza que la Revolución no podía sostenerse con ingenuidad legalista ni con pactos tibios. Propone concentración de poder, vigilancia de opositores, castigo ejemplificador a conspiradores y confiscación de bienes enemigos para financiar la guerra. No como desborde pasional, sino como método. El poder debía afirmarse o sería destruido. Allí aparece la dimensión jacobina de Moreno, inscripta en la lógica de las revoluciones atlánticas. La violencia no como fin en sí mismo, sino como instrumento en un contexto de guerra civil y amenaza externa.
La polémica sobre la autenticidad del Plan no es técnica ni secundaria. Si el documento es verdadero, entonces Moreno fue el único miembro de la Primera Junta con un proyecto estructurado de transformación estatal y social. Si es apócrifo, la Revolución de Mayo queda reducida a una transición administrativa sin ruptura profunda. Por eso historiadores como Paul Groussac y luego Ricardo Levene intentaron desacreditarlo: aceptar el Plan implicaba aceptar que la Revolución tuvo una fase radical deliberada.
Pero el Plan no se agota en la represión. Habla de construcción de poder, de alianzas tácticas internacionales, de uso político del comercio y de fortalecimiento del Estado como columna vertebral del proceso emancipador.
ECONOMÍA, INGLATERRA Y LA ACUSACIÓN DE DEPENDENCIA
En el plano económico es donde más simplificaciones se han repetido. Se lo ha presentado como librecambista doctrinario y como precursor de una apertura dependiente hacia Inglaterra. Esa lectura desconoce el contexto real de 1810. El Río de la Plata vivía bajo el monopolio español, un sistema que asfixiaba la economía local al impedir comerciar libremente. La apertura promovida por Moreno no era adhesión ideológica al liberalismo británico, sino ruptura estratégica del cerco colonial. Sin salida comercial alternativa, la Revolución quedaba aislada y condenada.
Además, el propio Plan de Operaciones propone intervención económica: control de recursos estratégicos, estímulo de determinadas actividades, utilización de bienes confiscados para financiar la guerra. No hay allí laissez-faire puro. Hay pragmatismo externo y centralización interna. La tensión entre apertura comercial hacia Inglaterra y fortalecimiento estatal no fue contradicción abstracta, sino expresión de una necesidad histórica: sostener la Revolución en un mundo dominado por potencias marítimas. La alternativa no era independencia económica plena o dependencia sumisa; era asfixia colonial o inserción estratégica.
LA HISTORIA LIBERAL Y EL REVISIONISMO
Décadas más tarde, la historiografía liberal necesitó suavizar al personaje. Bartolomé Mitre lo convirtió en inspiración intelectual de Mayo, pero limando su filo revolucionario. Vicente Fidel López lo exaltó como ilustrado republicano. El Moreno jacobino fue transformado en figura compatible con el orden liberal del siglo XIX. La negación del Plan de Operaciones formó parte de esa operación intelectual: una Revolución ordenada, comercial y sin violencia estructural resultaba más funcional a la narrativa posterior.
Pero el revisionismo tampoco fue unánime. José María Rosa sostuvo que Moreno representaba intereses portuarios ligados a Inglaterra y que su línea estaba alejada del sentir popular que acompañaba a Saavedra. Para esa mirada, el morenismo fue elitista y centralista. En cambio, Rodolfo Puiggrós lo reivindicó como el verdadero revolucionario social de Mayo, el único que comprendió la necesidad de un Estado fuerte ante la ausencia de una burguesía nacional consolidada.
LAS CONTROVERSIAS QUE SIGUEN ABIERTAS
Las controversias centrales no han perdido vigencia: la autenticidad del Plan, su relación con Inglaterra, su concepción de la violencia política y las circunstancias de su muerte. Antes de su viaje, la crisis interna ya lo había desplazado del centro del poder. La incorporación de los diputados del interior amplió la Junta y diluyó la influencia morenista. La nueva correlación favoreció al sector encabezado por Saavedra. El envío de Moreno en misión diplomática a Londres, presentado como gesto de confianza, fue también una forma de alejarlo del escenario político en el momento más delicado de la Revolución.
La versión oficial habló de una afección agravada por la medicación administrada por el capitán de la fragata Fama. Moreno padecía dolores estomacales y se le suministró un fuerte emético a base de antimonio, una sustancia utilizada en la época pero reconocida por su toxicidad cuando se administraba en dosis elevadas. El antimonio no era un compuesto inocuo: podía provocar colapsos circulatorios, deshidratación extrema y fallas orgánicas si la concentración superaba los límites tolerables. Según los testimonios de a bordo, la reacción fue inmediata y devastadora: convulsiones, ardor interno, debilitamiento extremo. La descripción de su agonía como un “fuego interior” no fue metáfora política sino registro físico del padecimiento. La muerte se produjo pocas horas después. No hubo posibilidad de examen posterior: su cuerpo fue envuelto en una bandera inglesa y arrojado al mar conforme a las prácticas navales de la época. La sepultura en altamar imposibilitó toda verificación posterior y cerró cualquier instancia de investigación.
En un contexto de máxima tensión política, con el sector morenista debilitado y la conducción efectiva inclinándose hacia el saavedrismo, la hipótesis de una eliminación política comenzó a circular casi de inmediato. No existe prueba documental concluyente que demuestre asesinato premeditado, pero tampoco pudo demostrarse la absoluta inocencia del procedimiento aplicado. La combinación de dosis potencialmente excesiva, rapidez del deceso y entierro inmediato alimentó durante dos siglos la sospecha de que el secretario más radical de la Revolución pudo haber sido víctima de una muerte inducida en alta mar.
Su desaparición tuvo efectos políticos concretos: el morenismo perdió a su figura más decidida y el equilibrio interno se inclinó definitivamente hacia posiciones más moderadas. La Revolución cambió de ritmo.
¿Enfermedad agravada por imprudencia o eliminación política encubierta? Cada generación respondió según su propio clima ideológico. Moreno quedó así atrapado entre interpretaciones opuestas. Para unos, agente inglés. Para otros, jacobino radical. Para algunos, precursor del unitarismo. Para otros, revolucionario truncado.
UN DIRIGENTE DE TRANSICIÓN
Moreno fue ilustrado y severo, partidario de alianzas internacionales pero consciente de los riesgos de la dependencia, liberal en la ruptura del monopolio español y estatista en la consolidación interna del poder. Entendió algo esencial: sin concentración de poder no hay revolución, y sin recursos económicos no hay poder efectivo.
No fue una figura cómoda ni un santo laico. Fue un dirigente de transición en un momento en que la Revolución todavía estaba en disputa.
Murió cuando el proceso recién comenzaba. Tal vez por eso su figura sigue ardiendo. El océano pudo llevarse su cuerpo, pero no logró apagar el fuego político que encendió en 1810.
Por
Damian Leandro Zanni
Revisionismo Historico Argentino
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